" Ya conoces a las termitas, esas
hormigas blancas que en África levantan impresionantes hormigueros de varios
metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo de las termitas es
blando, por carecer de la coraza quitinosa que protege a otros insectos, el
hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas,
mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se derrumba, por
culpa de un riada o de un elefante (a los elefantes le gusta rascarse los
flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). Enseguida, las
termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a
toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto. Las
termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las enemigas.
Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se cuelgan de
las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las
feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan
con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero
lo cierran dejando fuera las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican
sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo
menos? ¿No es justo decir que son valientes?
(…)
A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y
elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece
bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente.
Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los
castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece
prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber
vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si se
prefiere, es a lo que llamamos ética. "
Fernando Savater